
A
veces pensamos que es muy difícil ser verde, que estamos muy
acostumbrados al estilo de vida del siglo XXI, que la comida sale
calientita y rápida de McDonalds, que el microhondas lo resuelve todo,
que las frutas de Sam's Club son las más frescas, que no podemos
respirar sin aire acondicionado, que no podemos vivir sin bolsas
plásticas, que es muy caro comer saludablemente...
Mientras
crecia recuerdo muchas costumbres de mi madre que me parecían un poco
absurdas y anticuadas, y juraba que, cómo los tiempos han cambiado, yo
no sería así. ¡Que equivocada estaba! Mi madre me enseño con su
sabiduría casera, a ser la mejor hija de ésta nuestra Madre Tierra.
Desde el uso inteligente de materiales, recursos y espacio, hasta el
conservar energía y alimentos, aprovechando lo disponible, sustituyendo
lo tóxico por los natural y causando menos impacto en el ambiente.
Mi
mamá no compraba papel toalla, escurriría los plátanos fritos en bolsas
de papel re-usadas, usaba el trapito de fregar hasta la extinción,
aplastaba las latas y envases de plástico vacíos para ahorrar espacio,
reusaba las bolsitas zip lock hasta el cansancio, reusaba los envases
plásticos de mantequilla para guardar comida en la nevera en vez de
comprar envases tupperware. Todo esto lo hace todav ía y yo tambi én.
Mi
madre se ha opuesto a comprar secadora de ropa, se ha tostado la piel
por d écadas en el patio secando toda la ropa al sol, usa pinches de
ropa para sellar mejor bolsas en uso de galletas, cereales y otras cosas
en la cocina para conservar su frescura por más tiempo. No recuerdo a
mi mamá botando comida, jamás. Se inventa un platillo de lo que haya en
la nevera, o en el árbol del patio, o con lo que esté en especial en el
mercado (que a su vez es lo que está en temporada). Mi madre conoce
todas las frutas, vegetales, viandas, hortalizas, plantas, árboles y
flores por su nombre, sábe qué hacer con cada uno de ellos: los
comestibles, los medicinales, los que aromatizan, los que pican...los ha
utilizado todos y los aprovecha. Esto lo aprendió a su vez de su madre,
en tiempos en que obviamente no tenian más opción que utilizar los
recursos a su alcance y a su disposición. Que gran riqueza es esa, la
que vivián los pobres de principios del siglo pasado.
Mi mami ha
sido la primera ecologista que yo he conocido. Ella arroja las c áscaras
de frutas y vegetales en el patio para alimentar a las gallinas (y a su
vez alimentar a la tierra), limpia cristales con vinagre (en vez de
comprar windex) desde mucho antes que se pusiera en boga, añade limón a
los trastes para cortar la grasa, añade agua al líquido de fregar para
rendirlo. Ella sabe utilizar al m áximo los recursos que abundan,
conservando los escasos. Nunca ha confiado en el horno de microhondas y
le molesta el aire acondicionado. Posee ropa de los años 70 en el
armario de uso diario y reusa las piezas que más le gustan hasta el
cansancio, remendando y reparando según sea necesario. Yo quiero ser
como ella.
Acá los gringos contemporáneos educan a sus hijos en
la conservación del planeta y cantan canciones sobre my best fried
earth. Nosotros, los Boricuas e Hispanoamericanos, la llamamos Madre
Tierra. Maternal concepto heredado del sur: Pachamama o Mama Pacha
(Madre Tierra), gran deidad entre los pueblos indígenas de los Andes.
Que dulce nombre: emotivo y personal. Que otra relación más cercana e
influyente que la de una madre: nacemos, aprendemos de ella y, después
de recorrerla, volvemos a ella.
A mi madre, ahora sólo falta
convencerla de que las latas, botellas, plásticos y papeles que hay que
sacar aparte, sí serán reciclados. Que se los llevan a un lugar aparte
de la basura y efectivamente se procesan y eventualmente se reusan o
reciclan. En eso la podría ayudarla Tenoch, que ya sabe dónde va todo
papel, cartón, plástico y caja en la casa: a la bolsa del reciclaje.
Este artículo fué originalmente publicado por Marixsa el 5 de abril de 2010